Si me preguntaras en cuál momento de nuestras vidas Dios se siente más a gusto concediendo los anhelos de nuestro corazón, te diría sin pensarlo mucho que es la etapa donde nuestros sueños han muerto. Esto pudiera sonar un tanto pesimista y desalentador, lo admito, pero es una gran verdad sobre la cual deseo que hablemos en este día.

 

Imagina que durante años, quizás esos donde no tenías tantos compromisos ni responsabilidades y eras un poco más joven, luchaste con todas tus fuerzas por lograr lo que tanto habías querido. El mundo era tu estrado y la palabra límites era desconocida para ti. Hablo de esa etapa en la vida donde el ser humano por lo general comienza a preparar el cimiento de lo que será su porvenir. Son días que no regresan y que reportarán con creces cada error o logro que hagamos mientras los vivimos. 

Pienso en Abraham, el hombre impetuoso, dueño de una promesa de multiplicación, padre de una nación que solo existía en su corazón, hombre que esperó el cumplimiento de la palabra de Dios sobre su vida por más de 80 años.

80 años es mucho tiempo, ¿no crees? Yo esperé 3 años con 3 meses y 7 días para reencontrarme con mi esposa aquí en Canadá y te puedo asegurar lo duro que es la espera de lo que amas. Cada día esperas que la puerta se abra, que el teléfono suene, que llegue esa carta donde literalmente el cielo se abre para tu vida y todo toma sentido; el bebé que has esperado y que representa la prueba más real de que lo que Dios te prometió no fue una fantasía de tu mente.

Abraham esperó toda una vida para abrazar al hijo prometido, me imagino los incontables abrazos, mimos y juegos que en su mente fantaseó. – Seré un buen padre – se decía, mas con el correr de los días, los meses, los años y las décadas sus esperanzas se desvanecieron del mismo modo que las montañas de arena del desierto son movidas de un lugar a otro por la fuerza del viento. 

Dios estaba preparando a un hombre no solo para ser el padre de un hijo, sino para ser el padre de una nación. Dios necesitaba un corazón valiente que no temiera a decir la verdad y llamara las cosas por su nombre; un corazón humilde, paciente y sin pretensiones; un corazón muerto al ego y deseoso de dar gloria a su Creador. Abraham necesitaba tiempo…  Las cosas de calidad de por vida no se fabrican en las fábricas de producción en serie . 

Y llegó el día cuando el sueño de Abraham murió. Los juguetes fueron donados a los vecinos, la pieza del niño se usó para almacenar pieles de animales y ya nadie habló nunca más de nombres ni de juegos ni de risas. Solos en casa, uno frente al otro, se vieron envejecer Abraham y su esposa. Ya no había pretensiones. ¿Se habría Dios retractado de lo que prometió 80 años atrás?

Todos sabemos el final de la historia. Dios no faltó a su palabra. La descendencia de Abraham fue como la arena del mar, como las estrella del cielo. A través de su estirpe se formó la nación de la cual vino nuestro Salvador. 

Si me preguntaras nuevamente en qué momento de nuestra vida Dios se siente más a gusto para cumplir las cosas que nos prometió, te diría otra vez que es la etapa donde hemos muerto a nuestros sueños, donde ya ellos no son el centro ni tampoco nuestra prioridad inmediata, sino que el amarle y disfrutar de su presencia se ha tornado en la razón de nuestra existencia y en nuestro único combustible para seguir adelante en el viaje de la vida. 

Cuando eso pase, Dios te despertará en la noche y te dirá: hijo, ha llegado el momento, sal a contar tus estrellas…

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